Las puertas del castillo se abrieron de golpe con el rugido de la madera contra la piedra. Dante entró con pasos decididos, la furia contenida en su mandíbula apretada y los puños cerrados. Subió las escaleras sin hablar con nadie, guiado por el aroma de los sanadores, el incienso medicinal y el leve rastro de sangre que aún impregnaba el ambiente.
Al llegar a la habitación, la puerta estaba entreabierta. Dentro, Freya yacía sobre la cama, envuelta en una bata de seda que apenas cubría su cuerp