Emilia —ahora Elena— se detuvo frente al alto espejo de su habitación. La suave luz del tocador bañaba su rostro impecable, resaltando sus afilados pómulos, sus labios esculpidos y sus ojos que ahora reflejaban fuego y hielo.
Tocó el espejo ligeramente.
—Hoy —susurró, con la voz temblorosa por una furia contenida—,
estoy más cerca que nunca de mi venganza.
Su reflejo la miró fijamente: irreconocible, poderosa, peligrosa.
—Te destruiré, Leonardo —dijo en voz baja—, ya verás.
El vestido de seda