Mateo permaneció sentado solo en la oficina mucho después de que todos se hubieran ido. Las luces de la ciudad tras los ventanales parpadeaban como advertencias lejanas, pero no les prestó atención. Los documentos estaban abiertos de nuevo ante él, aunque ya los había revisado una docena de veces. Cada página pesaba. Cada firma se sentía como una traición, pero aun así firmó.
"Para Emilia", susurró, apretando el bolígrafo con más fuerza de la necesaria.
Su teléfono vibró de nuevo. El nombre de