Mateo estaba sentado solo en su estudio. La habitación estaba en penumbra, salvo por el brillo ámbar de la lámpara de escritorio que se reflejaba en medio vaso de whisky. Estaba leyendo un expediente confidencial cuando su jefe de seguridad llamó suavemente a la puerta y entró.
—Señor —dijo el hombre con cautela—, pensé que debía saberlo… La señora Elena ha salido.
Mateo no levantó la vista.
—¿Y?
El guardia vaciló.
—Parece que… está cenando. Con Leonardo DiAngelo.
Crack.
El vaso de cristal que