no hay señales de ayuda

Mateo condujo sin rumbo al principio, con las manos apretadas en el volante, repitiendo mentalmente ese breve sonido del teléfono una y otra vez. No había sido su imaginación. Conocía la respiración de Emilia. Conocía cómo el silencio seguía a su voz cuando tenía miedo. Leonardo había mentido. O peor aún, Leonardo creía que ya había ganado.

"No esperes más", se dijo Mateo. "No voy a firmar nada más".

Se detuvo, respirando con dificultad, y volvió a coger el teléfono. Esta vez no llamó a Leonard
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