Mateo nunca había sido bueno para quedarse quieto cuando quería algo. Durante años, su instinto había sido empujar, comprar, mandar para que el mundo se acomodara a sus deseos. Ahora, sentado en su coche frente a una pequeña floristería que había elegido al azar, sentía las manos extrañamente inútiles. Observaba a la florista a través del cristal mientras arreglaba las peonías en un ramo delicado y deliberado, y se encontró preocupándose no por negocios ni contratos, sino por cómo decirle a Ele