Elena volvió a reír, esta vez más fuerte, y el sonido resonó en las paredes de cristal de la oficina como un veredicto leído en voz alta.
—Todavía no estás listo, Leonardo —dijo despacio, deliberadamente, como si él todavía estuviera allí, temblando bajo el peso de su propia culpa—. ¿Crees que esta noche fue miedo? Eso fue solo la invitación.
Caminó hacia la ventana y miró las luces de la ciudad. —De ahora en adelante, no volverás a dormir tranquilo. Cada noche, cuando se apaguen las luces y el