La habitación estaba en penumbra, salvo por la tenue luz del monitor junto a la cama de Emilia. Mateo no se había movido en horas. Su alta figura estaba encorvada en la incómoda silla de hospital, pero se negaba a moverse ni un centímetro. Sus dedos apretaban con fuerza la mano flácida de Emilia, como si temiera que si la soltaba, ella se escapara por completo.
Su costosa chaqueta yacía olvidada en el suelo. Los primeros botones de su camisa estaban desabrochados, y su cabello, normalmente perf