Leonardo estaba sentado en su oficina, contemplando el horizonte a través de los ventanales como si la ciudad entera le perteneciera. Aún le dolía la mandíbula por el puñetazo de Mateo, un insulto que repetía una y otra vez en su mente.
Pero más doloroso que el puñetazo…
era la humillación.
Se tocó el labio magullado y siseó: «Nadie… NADIE me falta el respeto y se va».
Su secretario, Daniel, estaba de pie, vacilante, junto a la puerta, observando a su jefe pasearse como un león enjaulado.
«Seño