Javier llevó a Paula a casa, casi cargándola, porque su cuerpo parecía haberse quedado sin alma.
Ella no lloraba en ese instante, pero su silencio era peor que un grito; estaba rota por dentro, perdida en un vacío que parecía no tener fondo.
Apenas pusieron un pie en la mansión, Javier tomó el control de todo.
Llamó a los encargados de la funeraria, al sacerdote, a los abogados. Se ocupó de cada detalle del funeral y del entierro, como si así pudiera protegerla de un dolor más grande.
Hablaba co