De pronto, las sirenas rasgaron la noche como un presagio: lejanas al principio, luego acercándose con determinación, llenando el aire de una urgencia que clavó a todos en el lugar. El mundo pareció ralentizarse: el viento, el rumor de las olas contra el acantilado, incluso los corazones. Felicia clavó la mirada en Paula con una ferocidad que no era humana; la cara le palideció, los ojos centelleaban con la locura de quien cree que todo le pertenece.
—¡Maldita! —escupió—. ¡Trajiste a la policía!