Norman revisaba cada detalle con una mezcla de nerviosismo y emoción.
Hoy era un día especial: la primera fiesta de cumpleaños de su pequeño Rafael. Todo tenía que salir perfecto.
Había contratado payasos, inflables, un enorme jardín adornado con globos y luces de colores. No había escatimado en nada.
Quería que su hijo tuviera un recuerdo feliz, una imagen luminosa que compensara todas las sombras del pasado.
El niño, al ver aquel jardín lleno de vida, gritó de emoción. Corría de un lado a otro