Cuando Roberto Montes se recuperó lo suficiente, Norman decidió visitarlo en el hospital.
La atmósfera era tensa, cargada de una mezcla de esperanza y temor.
Al entrar en la habitación, sus miradas se encontraron, y en ese instante, el silencio se volvió abrumador.
—¿Lo sabes? —preguntó Roberto, su voz temblando ligeramente, como si cada palabra le costara un esfuerzo monumental.
Norman asintió, sintiendo un nudo en la garganta.
—Lo siento mucho. Augusta no fue la mejor persona que conocí, pero…