La noche había caído sobre la mansión como un velo oscuro y pesado.
Afuera, la lluvia apenas chisporroteaba sobre el empedrado, como si el cielo también llorara con Alicia.
Con su bebé apretado contra el pecho, caminaba con pasos temblorosos, pero su mirada ardía con un fuego imposible de apagar. Las lágrimas caían sin control, pero eran lágrimas de rabia, no de debilidad.
A su lado, Felicia estaba tan rígida como una llama incandescente. Su odio era puro veneno, y cada palabra que pronunciaba e