—¿Venganza? —repitió Viena, con un temblor en la voz que no sabía si era de miedo o de furia contenida.
El hombre la observaba con ojos oscuros, cansados, pero aún llenos de un fuego que parecía no apagarse jamás.
—¿Acaso no quieres eso? —preguntó él con calma, aunque en su tono había una fiereza que calaba hondo—. ¿No te han hecho daño suficiente como para arder con la idea de verlos caer?
Viena cerró los ojos un instante.
Bastó esa pausa para que todos los recuerdos volvieran como un alud im