Esa noche, la mansión estaba sumida en un silencio casi sobrenatural.
Cada paso que Javier daba resonaba entre las paredes frías, como un eco hueco de su corazón roto.
Caminaba sin rumbo, sin saber por qué seguía allí, en ese lugar lleno de recuerdos falsos. La sombra de Paula se extendía en cada rincón, como una herida abierta que no dejaba de sangrarle por dentro.
Se detuvo frente a una ventana, mirando hacia la nada. La luna apenas se atrevía a asomarse entre las cortinas. Entonces gritó.
—¿¡