—¡No hagas esto, Javier! —suplicó Alicia, con la voz entrecortada.
—¡Vete, Alicia! —rugió él, dando un paso atrás—. Quiero estar solo.
Alicia intentó tocarle el brazo, pero Javier se apartó con brusquedad, como si su contacto le quemara la piel.
No dijo nada más. Bajó la cabeza, derrotada, y se alejó con pasos temblorosos, escuchando cómo la puerta se cerraba con violencia tras ella.
Temblando, Alicia sacó su teléfono del bolso y marcó con manos torpes el número de su madre.
Cuando Felicia respo