—¡Alicia! ¿Qué estás haciendo aquí?
Javier se incorporó de golpe, con la voz cargada de confusión y un dejo de alarma.
Sus ojos, todavía nublados por el despertar repentino, se posaron sobre la figura de Alicia, de pie junto a su cama, desnuda, cubierta por una sábana, sonriente… como si nada en el mundo estuviera fuera de lugar.
Ella ladeó la cabeza y sonrió, con una dulzura fingida que calaba hondo, como una espina disfrazada de flor.
—¿De verdad lo olvidaste, amor? No me digas eso… —hizo una