Paula caminó lentamente hasta la puerta del jardín, cada paso pesado, como si la tierra misma quisiera retenerla. Desde el interior, podía sentir la tensión de los guardias, su incomodidad palpable. Al llegar, uno de ellos habló con voz grave:
—Señora… lleva una hora bajo el sol. Se niega a irse.
Paula respiró hondo. Sabía a quién encontraría allí. Con un gesto seco pidió que abrieran la reja.
El chirrido metálico anunció la apertura y entonces lo vio. Estaba de pie, con el rostro enrojecido por