En el hospital, los pasillos olían a desinfectante, y las luces blancas parecían tan frías como el silencio que envolvía a Felicia.
Estaba sentada en una banca metálica, con los dedos entrelazados y las lágrimas resbalando por su rostro cansado. No había dormido en toda la noche, no podía apartar de su mente el recuerdo de cómo habían llevado a su hija en aquella camilla, inconsciente, con el rostro pálido como la muerte.
El miedo la estaba devorando. Cada minuto que pasaba era un tormento.
Fina