Javier tenía la mano en su cuello, la presión era intensa, como si quisiera recordarle que aún tenía poder sobre ella. De pronto, en vez de hacerle daño, se inclinó hacia ella y la besó.
No fue un beso dulce ni de reconciliación, sino uno cargado de rabia, de posesión, de un ardor salvaje que rozaba la violencia. Sus labios eran fuego, sus manos hierro.
Paula intentó apartarlo, luchaba contra él, contra esa prisión de brazos que le impedían escapar. Giraba el rostro, resistiéndose con toda su fu