Los dos días siguientes transcurrieron envueltos en una felicidad que Anastasia jamás habría imaginado volver a experimentar. Después de tantos meses de encierro, tristeza y silencio, la mansión parecía respirar un aire distinto. Bastaba con que Sebastián levantara la vista desde el jardín para encontrarla observándolo desde la ventana, y aquel simple intercambio de miradas era suficiente para arrancarle una sonrisa que no podía ocultar.
Aprovechaban cualquier descuido de los empleados para en