El silencio de la noche fue roto por un estruendo metálico. Desde su habitación, Eliana escuchó los primeros gritos y el repicar de las campanas que anunciaban peligro. Corrió hacia la ventana: en las murallas, destellos de luz verde se estrellaban contra las piedras, seguidos de explosiones que sacudían el suelo.
Las hadas habían llegado.
El corazón de Eliana se aceleró. Nunca había visto un ataque de esa magnitud. Criaturas aladas descendían en oleadas, sus lanzas brillaban como relámpagos, y