Eliana despertó de golpe, cubierta en sudor. No estaba en su biblioteca, ni en el castillo seguro, sino en una sala provisional donde Kael y Dracovish habían decidido ocultarla tras la huida de Veyron. La herida en su cuello apenas era visible, pero ardía como si en su interior hubiera fuego líquido.
Intentó calmarse, pero al tocar la piedra fría de la pared, un destello brotó de sus manos. La roca respondió a su contacto, iluminándose con runas antiguas que jamás había visto.
—¿Qué…? —murmuró,