Veyron no regresó a la sala de reuniones; se internó en los túneles más profundos del castillo, donde las piedras susurraban nombres que nadie quería recordar. Allí, tras una puerta que llevaba un sello que sólo él conocía, existía una cámara que no era templo ni mazmorra: era un laboratorio.
No era el cuarto de hierbas de los ancianos ni el taller de los herreros vampíricos. Era un lugar frío y meticuloso, con mesas de obsidiana pulida, cristales que atrapaban luz como prismas, y frascos aline