El silencio se extendió en medio de la batalla, como si las propias murallas del castillo contuvieran la respiración. Kael descendió hasta el patio, su armadura de plata brillando bajo la luna. Su sola presencia hacía que las hadas cercanas se arrodillaran en señal de respeto, mientras los vampiros lo observaban con odio y temor.
Eliana, aún jadeando por el esfuerzo de sanar a los heridos, sintió el peso de esa mirada. Los ojos de Kael, claros como el hielo, se clavaban en los suyos con una inte