La luz del amanecer se filtraba por las rendijas del gran ventanal, tiñendo la habitación con tonos rojizos. Kael abrió los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo pesado, los músculos tensos, y el olor de Lyra todavía flotando en el aire. El lecho a su lado estaba vacío, las sábanas revueltas y aún tibias.
Por un instante, creyó que lo había soñado. Pero el sabor de su piel todavía permanecía en sus labios, y las marcas de sus uñas ardían sobre su pecho. No fue un sueño. Fue una rendición.
Se sen