La llave pesaba en la mano de Liria como si estuviera hecha de plomo y no de hierro. La había mantenido oculta en el dobladillo de su vestido durante tres días, esperando el momento adecuado para usarla. Cada noche, antes de dormir, la sostenía contra la luz de las velas, estudiando sus intrincados diseños: un patrón de espirales entrelazadas que terminaban en lo que parecía ser la silueta de un cuervo.
Esta noche, finalmente, había reunido el valor necesario. Esperó hasta que los pasos de los