El vestido de seda azul cobalto se deslizaba como agua helada sobre la piel de Liria mientras Myriam ajustaba los últimos detalles. La doncella había trabajado durante horas para que cada pliegue cayera con perfecta elegancia, como si la tela hubiera sido creada específicamente para abrazar su figura.
—Estáis hermosa, mi señora —susurró Myriam, colocando la última horquilla de plata en el elaborado peinado que recogía el cabello de Liria en una cascada de rizos controlados—. Todos los ojos esta