CLARA VILLALBA
Los pasteles estaban casi listos.
La bandeja dentro del horno comenzaba a dorarse en los bordes, y el aroma a mantequilla y vainilla se esparcía como un canto de sirena. Me acerqué para sacarlos, pero justo cuando tomé el paño, una mano grande y firme me detuvo.
—Yo lo hago —dijo Asher, con una sonrisa segura.
—¿Eh?
—Te vas a quemar. Tú hiciste la mayor parte del trabajo; no hace falta quemarte con el horno también. Yo puedo hacerlo. Cuando te dije que no era tan inútil como pens