ANNELISSE DE FILIPPI
Me quedé mirando a Clara mientras se alejaba. Su espalda recta. Su paso firme. Su corazón, hecho pedazos. Me daban ganas de gritar.
—¡ASHEEER! —llamé, sin disimulo.
Él levantó la vista y sonrió al verme, caminando hacia nosotras con total inocencia. Como si no acabara de asesinar el alma de una pastelera con su sonrisa mal ubicada.
—Hey, ¿dónde van tan lindas?
—Tú no hables —gruñí. Me acerqué y, sin filtro, le di un manotazo en el brazo—. Eres un idiota, ¿lo sabías?
—¿Qué…?