SILVANO DE SANTIS
La herida ya no dolía.
Era más un recuerdo que una punzada. Algo latente, sí, pero soportable.
El verdadero alivio, sin embargo, no estaba en mi abdomen.
Estaba ahí.
De pie, a solo un metro de mí.
Rodeada de los suyos.
Anny reía con la cabeza hacia atrás, y su abrazo con Agus —su hermano— aún me retumbaba en el pecho.
Había algo en él, en su forma de sostenerla, de llamarla “enana” sin que sonara a burla, en su mirada protectora y divertida… que me dejó claro algo desde el