El rugido suave del motor del jet privado de Moira ya se escuchaba a lo lejos. La pista privada, impecablemente iluminada, aguardaba con ese silencio solemne que solo acompaña a las despedidas importantes. El aire estaba cargado de emoción contenida, de miradas que decían más que las palabras, y de abrazos que parecían eternos.
Addy sostenía su bolso de mano contra el pecho, como si de algún modo eso pudiera retrasar el momento de partir. Lucien, a su lado, con la mandíbula tensa y los ojos más