ADELINE DE FILIPPI
La brisa cálida de Roma nos dio la bienvenida apenas bajamos del jet privado. El sol acariciaba suavemente la pista del aeropuerto mientras el viento jugueteaba con mis rizos sueltos. Lucien descendió primero, con la mano extendida hacia mí. Vestía un traje negro impecable, sin corbata, con el primer botón de la camisa desabrochado y unas gafas oscuras que lo hacían parecer sacado de una revista de modelos o de una película. Mi película. La nuestra.
—Dio mio… —murmuró él, con