AUGUSTO DE FILIPPI
La pelota rebotaba en el suelo con fuerza. Una, dos, tres veces. Cada bote, una forma de calmar el caos que tenía en la cabeza.
Estaba en la cancha de casa, bajo el cielo anaranjado del atardecer. El aire olía a galletas —mamá y tía Ara estaban horneando otra vez—, pero yo no podía pensar en dulces. Tenía la cabeza hecha un lío.
Volví a encestar. No sabía cuántos tiros llevaba. Treinta, quizás cuarenta. Todos iguales, todos con la misma tensión acumulada en los hombros.
—No p