LUCIEN MORETTI
Addy aún tenía los ojos brillando cuando me lancé a besarla como si el mundo se acabara en ese instante.
No podía creerlo.
Lo había dicho.
Ella, la única mujer que ha tenido mi corazón desde que tengo memoria… había dicho que sí.
—Te amo —le susurré en su cuello mientras la sostenía entre mis brazos—. Te juro que nunca dejaré de decírtelo. Ni cuando estés arrugada y me digas que te duelen las rodillas.
Ella rió entre lágrimas, y juro que no hay sonido más perfecto que ese.
Salimo