LUCIEN MORETTI
El reloj marcaba las 11:57 cuando escuché los pasos en el pasillo. No era él. Era alguien más.
Asher y yo estábamos en la oficina de Addy, riendo y revisando algunas cláusulas de la fusión con la sede de Barcelona. Addy se veía concentrada, apoyando los codos en la mesa y repasando unos informes. De vez en cuando, su dedo jugueteaba con el borde de la taza de café.
—La propuesta de inversión conjunta tiene sentido —dijo ella, mirando a Asher con su usual sonrisa profesional—. Pe