AMELIA ALBERTI
Subía por el pasillo con la bandeja en las manos, temblorosa.
No había podido comer casi nada, pero el simple hecho de tener a Paolo vivo… era suficiente para obligarme a sonreír.
El hospital olía a desinfectante y a café recalentado, pero yo ya no lo notaba.
Lo único que quería era volver a su habitación, sentarme a su lado, y quedarme ahí.
Entonces lo vi.
Noah.
Salía de la habitación de Paolo, con las manos en los bolsillos y el rostro tan agotado como sereno.
No el Noah tenso