SILVANO DE SANTIS
La espera era insoportable.
Estaba de pie junto al auto negro, estacionado justo frente a la salida principal de la universidad. Tenía las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos y un ramo de rosas rojas en la mano. El sol de media tarde comenzaba a bajar, pero el calor que me recorría no era por el clima… era por los celos.
Esteban.
Ese nombre me hervía la sangre más que cualquier enemigo.
Había escuchado de él. Demasiado.
Demasiadas veces. Demasiadas sonrisas. De