ADDELINE DE FILIPPI
La mañana había empezado tranquila.
Lucien cocinaba sin camiseta —y yo, sinceramente, no podía concentrarme en nada más que en eso.
Con el café humeando sobre la mesa, tostadas dorándose y el jugo recién servido, todo era perfecto.
Ese tipo de perfección que solo se consigue después de haber sobrevivido a demasiadas tormentas.
Me acerqué por detrás y pasé los brazos por su cintura, apoyando mi mejilla en su espalda.
—Así no vamos a desayunar nunca —bromeó, sin dejar de rem