KIARA DE SANTIS.
La luz que se filtraba por la cortina era suave.
Casi dorada.
El aire olía a él.
A sábanas limpias, a su piel, a calor humano.
Estaba entrelazada a Noah, como si mi cuerpo lo reconociera incluso dormido.
Su pecho era mi almohada.
Sus brazos, mi escudo.
Su respiración, mi arrullo.
Sonreí sin abrir los ojos.
Era la primera vez que amanecíamos así, sin culpa, sin miedo.
Después de amarnos… después de pertenecerle como nunca antes. Después de que él fue completamente mío.
Sus dedos