Mi Kate a salvo, al fin.
La vieja mansión olía a ceniza y a pólvora quemada.
En la sala central, el eco de los disparos ya era solo un recuerdo.
Bastien estaba de pie junto a una mesa improvisada,
donde mapas, armas descargadas y vasos de whisky reposaban como vestigios de una guerra terminada.
Lucca se acercó primero, limpiándose las manos en un pañuelo ensangrentado.
—Todo limpio, Bastien —informó con voz grave—.
Sin rastros de nada
Arthur asintió, arrojando una pistola descargada sobre la mesa.
—Los cuerpos fueron i