ANNELISSE DE FILIPPI
Sus ojos se abrieron despacio, aún pesados por la anestesia, pero ya sin el dolor punzante que los nublaba.
—Anny —murmuró, con la voz ronca.
—Aquí estoy —susurré, acercándome, sin poder borrar la sonrisa que se me había tatuado en el alma desde que despertó minutos atrás —. Aquí, amor. Y no me voy a ir.
Silvano me miró con la misma intensidad de siempre, pero más vulnerable. Más humano. Más real.
—¿Estás bien?
Asentí, acariciándole la mejilla.
—Sí, amor. Gracias a ti. Estu