ANELISSE DE FILIPPI
El sol caía como oro líquido sobre el mar turquesa. La arena estaba tibia bajo mis pies, suave como seda. Caminábamos descalzos, tomados de la mano, mientras las olas nos mojaban los tobillos. Silvano me miraba con esa sonrisa que todavía me hacía temblar como la primera vez, y de pronto me levantó en brazos, haciéndome girar con un grito ahogado de sorpresa.
—¡Silvano! —reí entre carcajadas—. ¡Vas a marearme!
—No, amore mío —replicó, besándome la frente—. Solo quiero grabar