ANELISSE DE FILIPPI
El sol caía como oro líquido sobre el mar turquesa. La arena estaba tibia bajo mis pies, suave como seda. Caminábamos descalzos, tomados de la mano, mientras las olas nos mojaban los tobillos. Silvano me miraba con esa sonrisa que todavía me hacía temblar como la primera vez, y de pronto me levantó en brazos, haciéndome girar con un grito ahogado de sorpresa.
—¡Silvano! —reí entre carcajadas—. ¡Vas a marearme!
—No, amore mío —replicó, besándome la frente—. Solo quiero grabar tu risa en mi memoria. Esto… todo esto contigo… es un sueño.
Me apoyó de nuevo en la arena, para besarme con una suavidad que contrastaba a mi bestia nocturna. Me miraba como si yo fuera el paraíso más hermoso de todos, más que las playas, más que los viajes, más que cualquier destino.
—Llevamos casi dos meses de viajes —suspiré, dejando que la brisa me despeinara—. Grecia fue impresionante, ¿recuerdas? Las islas griegas… y Egipto. Esos museos me encantaron. Pero creo que mis favoritas fueron l