BASTIEN DE FILIPPI
El salón estaba iluminado con luces cálidas, reflejándose en los candelabros y las flores que cubrían cada mesa. El aire olía a vino, rosas y a la felicidad que se desbordaba de cada sonrisa. Yo estaba sentado al lado de Kate, con su mano entre la mía, viendo cómo mis hijas brillaban en el centro de la pista.
La música comenzó a sonar, lenta, solemne. El primer vals. Y allí estaban: Addy y Lucien, Anny y Silvano. Dos parejas, dos destinos que hoy se unían bajo un mismo techo, con toda nuestra familia alrededor aplaudiendo.
Sentí un nudo en la garganta. Verlas allí, hermosas, radiantes, tomadas de la mano de los hombres que elegían como compañeros… me golpeó de lleno. Eran mis niñas, y al mismo tiempo, ya no lo eran.
—Están preciosas —susurró Kate a mi lado, con lágrimas en los ojos.
Apreté su mano con fuerza, incapaz de hablar al inicio. Solo pude asentir.
El vals continuó y las parejas giraban en perfecta sincronía. Los vestidos de mis hijas se abrían como flores a