SILVANO DI SANTIS.
—Te llevo a casa —dije, levantándome del banco con dificultad. El vendaje improvisado tiraba un poco, pero lo ignoré. Lo que de verdad me dolía no estaba en el brazo.
—No hace falta —respondió Anny, dándome la espalda, como si no acabara de curar mi herida con el máximo cuidado para no lastimarme más.
—Sí hace falta —insistí, con la voz más baja, más rota—. No voy a volver ser herido por salvarte.
Ella giró, con el ceño fruncido, los ojos brillantes. Había enojo en su mirada,