SILVANO DI SANTIS
Me había acostumbrado a su sonrisa. A su energía. A su torpeza brillante.
Y ahora, en su ausencia, el silencio era insoportable.
Había días en que esperaba ver su figura entrar a la oficina con una excusa absurda. Un café extra. Un informe inexistente. Una tonta pregunta sobre alguna obra que no necesitaba revisión. Pero no aparecía.
Desde aquella mañana en que escuchó mis malditas palabras, ya no era ella.
Ahora yo ya no era Silvano. Era “usted”.
Ya no me miraba con ilusión,