JOSH MEDICCI
El sabor a hierro todavía estaba en mi boca. No sabía si era por la sangre del enemigo o mi propia sangre que había brotado entre golpes y forcejeo o por la rabia que me subía como ácido desde el estómago. No importaba. Todo en mí era fuego. Y todo ese fuego tenía un nombre: Marie.
La había visto salir de esa habitación. Agitada, despeinada, con el miedo ardiendo en sus ojos y la valentía en cada músculo. Y en ese instante entendí que la bestia que llevo dentro nunca había rugido