LUCIEN MORETTI
El calabozo de la mansión olía a humedad, hierro y pólvora vieja. Las lámparas colgantes apenas iluminaban las paredes de piedra, y el eco de cada respiración hacía que el ambiente se sintiera aún más pesado. Allí estábamos todos: Lucca, con esa rigidez de acero en la mandíbula; Bastien, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, como un depredador que espera el momento justo para saltar; Silvano, serio y callado, observando cada movimiento. Y yo, sentado frente a los herma