LUCIEN MORETTI
No me gustaba cómo la miraba.
No me gustaba el tono de su voz.
No me gustaba que estuviera sentado justo frente a nosotros, con su copa en la mano y esos ojos verdes puestos sobre Addy como si estuviera en una maldita subasta.
Y lo peor…
Addy, con su dulzura de siempre, sonreía y hablaba como si nada. Como si ese tal Matteo no fuera el mismo idiota que de niños intentó robarla de mi lado.
El idiota ahora era un hombre. Bien vestido. Refinado. Carismático. Y tan descarado que ni s